Un día te querés acordar del nombre de una banda
que conociste en un viaje. El disco. Te suena una palabra. «Gabriel». Pero no
es posible encontrar la banda, mucho menos el disco, con ese único dato. Así
que no le das más bola a ese pensamiento, suponés que, o bien ya te vas a
acordar, o ya lo olvidaste. Y decís: «que decida el azar».
A los pocos días te tirás en el sillón a leer un
libro que trajiste de ese viaje. Pero ya no pensás en la banda. Y si alguien te
preguntara en ese momento, contestarías que ya fue, que la olvidaste.
El libro lo tenías en la mesa de luz desde tu
vuelta de Chile, hasta que hace poco lo metiste en la mochila para llevarlo a
algún lugar del que volviste sin siquiera hojearlo. Sin embargo, al volver y
sacarlo de la mochila, en vez de dejarlo de nuevo en la mesa de luz, lo apoyaste
sobre la mesa del living. Y lo dejaste ahí.
Y ahora, un día cualquiera en que estabas en tu
casa sin nada que hacer, un domingo después de ver una película tirado en el
sillón, te levantaste y viste el libro sobre la mesa del living.
Y decidiste levantarlo y volver a tirarte en el
sillón a leerlo.
Y apenas leés las primeras oraciones del libro,
notás que de a poco empieza a aparecer, en algún lugar del fondo de tu cabeza,
como si emergiera de una profundidad insondable, al principio difusa y cada vez
más clara, una palabra.
Y decís: «Matorral». Ese era el nombre de la
banda.
Y levantás la vista y sonreís, con el libro
entre las manos.
Y te preguntás si no es posible que todo
estuviera previsto desde un principio. Si no pudo haber estado dispuesto por una
parte de vos, esa parte que se queda al fondo de cada cosa que pensás y decís y
hacés y nunca se distrae. Esa parte que guarda y atesora lo que creés haber
perdido, y a la que sólo podés conocer por lo que a veces, cada tanto, deja salir
a la superficie.
Esa parte que quizá ni siquiera te pertenezca,
que quizá sea más grande que vos, y quizá por lo tanto ni siquiera esté adentro
tuyo, sino vos dentro de ella.
También es posible que todo esto no haya sido
más que una serie de coincidencias sin mayor significado, concedés. Pero esa
manera de pensar, por algún motivo que preferís dejar ahí, al menos hoy, en
este momento, te parece cobarde.
Todo, pensás, desde el momento en que decidiste
sacar el libro de la mesa de luz, quién sabe hace cuánto, para meterlo en tu
mochila y llevarlo quién sabe ya adónde y volver sin siquiera haberlo abierto y
dejarlo durante días sobre la mesa del living para llegar, tanto después, a este
domingo tirado en el sillón: y si todo estuvo dispuesto –te preguntás–, para
hacerte acordar del nombre de esa banda y ese disco que conociste en la
librería donde compraste el libro y pescaste el título espiando la computadora
de la caja, después de escuchar los comentarios que al respecto le hacía a su
compañero el vendedor flaco y alto que te hacía acordar a un ataúd, o un
sepulturero, y tenía los labios tan resecos que parecían manchados con esa
espuma que a veces deja el mar en la orilla cuando se retira y queda secándose
al sol y atendía a los clientes con una insolencia que te cayó tan simpática
que te llevó a acercarte a él y preguntarle qué buen libro se había publicado en
Chile últimamente, y él te recomendó aquel libro que en tu recuerdo se asoció de
inmediato a la banda, al dato de la banda que pensaste que guardarías, como el
libro en la mesa de luz, para conocer en otra ocasión. Y te das cuenta,
entonces, de que llegó esa ocasión: es el momento de escuchar el disco.
Y te preguntás: esa parte de mí (o ese lugar del
que yo soy parte) que pergeñó todo esto, ¿qué habrá querido decirme?
Tal vez lo averigües ahora escuchando el disco,
que efectivamente se llamaba Gabriel.
O a lo mejor esa parte de vos (o eso de lo que
vos sos parte) sólo quería dejar todo listo para que un día cualquiera, un
domingo en el que estabas solo en tu casa y no sabías qué hacer y no tenías
ganas de nada, pudieras encontrar algo parecido a un misterio que te diera ganas
de aprovechar la ocasión, y de paso te hiciera acordar de
aquellas cosas que tenías ganas de hacer y un día, sin pensarlo mucho, sin
siquiera decidirlo, dejaste para después.